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La zona de peligro: 1.6 millones de jóvenes adictos
fuera del marco de estrategias de tratamientos
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Por Richard Scheinin
Public Access Journalism
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Con su esmalte de uñas rosado brillante,
maquillaje cargado y llamativo y ojos con delineador grueso,
Sarah parece mucho mayor de los 16 años que tiene. Pero el
verse demasiado vieja jamás ha sido su problema — no desde
que cumplió los 11 años, cuando buscó ayuda en un programa
de tratamiento contra las drogas para adolescentes, en
California, y fue rechazada por ser demasiado joven.
Para entonces ya había fumado cristal
meth por lo menos un año. Había sido expulsada del sexto
grado después de 17 suspensiones; había huído de cinco
hogares temporales y lucía, según su más reciente
apreciación, “espantosa” — flaca como palillo, con
diferente color de cabello y rostro lleno de cicatrices
producidas por ella misma.
Inelegible para el programa
“Developmentally Targeted” para adolescentes, la adolescente
Sarah cayó al vacío. Aunque una trabajadora social de Child
Protective Services, familiarizada con su caso, le ofreció
consejería alternativa, pasó un año antes que Sarah dejara
de usar drogas, y lo hizo bajo sus propios términos.
El hecho más impresionante es que del 1.6
millón de personas entre las edades de 12 y 18 años con
problemas verdaderamente serios de
alcohol y drogras, menos
de una de cada 10 recibe tratamiento. Y según la
Office of
Applied Statistic, en el 2005, de los estimados 175,000 que
recibieron tratamiento, sólo un 25% continúa los tres meses
- tal y como lo recomienda el
National Institute on Drug
Abuse – y menos del 50% se queda ni siquiera seis semanas.
Y una vez regresan a la gran comunidad,
virtualmente no existe un cuidado continuado para
adolescentes que luchan por mantenerse ‘limpios’. Un
estudio del 2002 en el
Journal of Substance Abuse Treatment descubrió que casi un 80% de los adolescentes recae dentro
del año de tratamiento.
Existe una explicación para esta
verguenza pública: La epidemia de abuso de alcohol y drogas
entre la juventud no fue un problema visible sino hasta
recientemente, ya sea porque no se reconocía, se ignoraba o
era algo que parecía demasiado terrible para ser verdad.
Hasta 1997 sólo había 17 estudios publicados en el campo de
tratamientos de drogas en adolescentes, los cuales eran
considerados de calidad dudosa.
Hoy el campo está pasando de aguas
desoladas y estancadas a una disciplina de vanguardia, con
docenas de nuevas subvenciones federales, cientos de
estudios publicados, prometedoras nuevas intervenciones y —
finalmente — resultados evaluados del programa.
Uno de los resultados más significativos
es el rápido crecimiento de recuperación de escuelas
superiores y universidades — algunas en lista de espera —
cuyo enfoque principal es la abstinencia y la recuperación
del estudiante, después del tratamiento. En el nivel de
escuela superior hay 30 de estas escuelas a nivel nacional,
cada una bajo un modelo de 12 pasos, ofreciendo ayuda de
mentores y reglas concretas para mantenerse ‘limpio’, así
como también el tipo de relación entre compañeros que
fortalece nuevos patrones de conducta positiva, algo
generalmente imposible en una escuela superior típica.
“Pensar que un adolescente vaya a ir a un
tratamiento de 30 días y que va a regresar a su antiguo
medioambiente — donde compró sus drogas, donde sus amigos
las usan y donde fue visto usando las drogas… eso no es
realista para la mayoría de jovencitos”, dice Andrew Finch,
director ejecutivo de
Association of Recovery Schools, quien
representa 30 escuelas superiores, de Alabama a Alaska.
“Para ellos la escuela es una zona de
peligro”, dice Finch. “Es como que se le diga a un adulto
alcohólico que vaya a trabajar a un bar”.
Finch dice que el programa funciona:
Entre el 20 y el 30 por ciento de los jóvenes participantes
recae, pero eso es un incremento substancial por encima de
la norma nacional del 80 por ciento.
El campo está explotando con nuevo
conocimiento sobre adolescentes y el abuso de substancias.
Por ejemplo, hoy se comprende que la vasta mayoría de
adolescentes que abusan de las substancias — más del 80 por
ciento son chicas, según recientes estudios académicos — han
sido abusados sexual, física o emocionalmente. Con esto en
mente, muchos expertos han indicado que se tiene que llevar
a cabo un sondeo de abuso sexual cuando un/una joven
drogadicta o alcohólica se presenta al tratamiento.
“El asunto de la victimización traumática
es un elefante del que no se habla en las
salas de asesoramiento”, escribe Michael
L. Dennis, psicólogo investigador en
Chestnut Systems, un centro de tratamiento e investigaciones en Bloomington,
Ill., y autor de pruebas de gran aceptación para la
evaluación de drogas. “El abuso físico, sexual y emocional
son la norma”.
Muchos adolescentes que abusan de las
substancias — estimados federales dicen que es el 70 por
ciento — también tienen problemas de salud mental, como DDA,
desorden bipolar o desorden por estrés post-traumático. En
un escenario Catch-22, jóvenes y adultos mentalmente
enfermos son rechazados rutinariamente de centros de
tratamiento contra las drogas y el alcohol, diciendo por lo
general que deben tener bajo control su depresión antes que
puedan ser tratados por sus adicciones. Hoy el consenso
entre entre expertos es tratarlo todo.
Lentamente, agencias públicas locales de
todo el país están respondiendo; algunas llegando a
consolidar agencias de salud mental y abuso de drogas en una
sóla identidad, esperando que sus consejeros sean entrenados
para lidiar con ambos. La nueva norma son programas de
tratamientos multiples: Un adolescente se reune
regularmente con sus consejeros, padres, guía espiritual,
oficial de libertad condicional; todos alrededor de la misma
mesa, considerando los intereses del/la joven.
Este tipo de enfoque total es
parcialmente responsable del crecimiento del cuerpo de
investigadores que desenmascara los efectos del alcohol y la
marihuana en el cerebro del adolescente.
Entre los descubrimientos de los efectos
del alcohol: Un adolescente con historia familiar de
alcoholismo tiene el 50 por ciento de probabilidades de
volverse alcohólico. Cuando un adolescente bebe grandes
cantidades de alcohol, su cerebro cambia; los investigadores
sospechan que se activan proteínas específicas,
incrementando la susceptibilidad al alcohol a través de toda
su vida. Adolescentes que empiezan a beber antes de los 15
años tienen cuatro veces mayor probabilidad de llegar a
depender del alcohol más adelante en su vida.
“Y cuando beben, tienden a beber en
abundancia”, hace notar un reporte de la American
Psychological Association. “Bebedores menores de edad
consumen un promedio de cuatro a cinco tragos por ocasión,
unas cinco veces al mes. En comparación, el adulto de 26
años que bebe, consume un promedio de 2-3 tragos por ocasión,
unas nueve veces al mes”.
Entre los jóvenes que pasan de un tipo de
droga a otra, el sabor al alcohol puede escalar fácilmente a
uno por las drogas — y hoy existen muchísimo más selecciones
que nunca.
Desde 1992, entre los adolescentes se ha
triplicado un nuevo tipo de abuso de drogas: La mezcla de
medicinas que se venden con receta médica - como los
analgésicos opiáceos, tranquilizantes y estimulantes. Entre
los adolescentes, estas se conocen como fiestas “farming” o
“trail-mix”, constituyendo actualmente el tipo de abuso de
drogas de mayor crecimiento en los Estados Unidos, superando
a la marihuana en un factor de dos.
El más reciente informe
Monitoring the
Future, la continuación de un estudio de uso de drogas entre
adolescentes, conducido por la
Universidad de Michigan y el
National Institutes of Drug Abuse, encontró que desde el
2002, el 5.5 por ciento de estudiantes de 12 años ha usado
la medicina
Oxycontin – que requiere receta médica - hasta
un 4 por ciento. Los últimos cinco años la
metanfetamina
se ha convertido en grave problema en el Oeste y el medio
Oeste. En reciente encuesta, 70 por ciento de hospitales de
condado y regionales atribuyeron a la metanfetamina el 10
por ciento de visitas a las salas de emergencia.
“Estamos
en una verdadera epidemia”, dice Brent Kelsey, asistente de
la Utah Division of Substance Abuse and Mental Health. “Hoy
la metanfetamina es la droga No. 1 por excelencia entre la
gente de 26 a 35 años, y las consecuencias en la salud
pública son enormes”.
Y aunque se ha demostrado que el
tratamiento para la adicción de meth funciona, es
típicamente más intenso que para ningunas otras drogas. Con
frecuencia los expertos comparan el daño por ‘met’ con una
lesión cerebral que requiere ayuda y tratamiento a largo
plazo. De hecho, las necesidades de los adictos a la ‘met’
han empezado a superar el tratamiento por alcoholismo.
“En Utah, el número de alcohólicos
entrando a tratamientos es mucho menor y no creo que sea
porque haya menos alcohólicos”, dice Kelsey. “Lo que sucede
es que — dada la criminalización de las drogas — para el
alcohólico se ha vuelto mucho más difícil conseguir estos
servicios en nuestro sistema. La realidad es que los adictos
a la metanfetamina y otras drogas los están expulsando de
los servicios”.
A pesar de la lluvia de información
llegando del mundo académico, con gran frecuencia familias
de adolescentes con problemas enfrentan prácticas dudosas y
muy pocas alternativas. Padres de familia pueden terminar
en la bancarrota, en su búsqueda de ayuda, dado que
aseguradoras privadas no cubren el costo del tratamiento.
Aún para los contados que pueden costear la cuota típica de
US$20,000 por un programa de tratamiento privado residencial
de 30 días, existen muy pocos programas efectivos y no hay
garantía por parte de los que existen.
En el 2004, un panel de expertos evaluó
144 de los
programas anti-drogas “más famosos”, para
adolescentes, y concluyó que la mayoría de ellos falló en
tomar en cuenta los elementos principales de un tratamiento
exitoso: Evaluación individual al comienzo del tratamiento,
terapia especial para adolescentes con problemas
psiquiátricos, diferencias de género y culturales, cuidado
continuado, evaluación del personal y resultados del
tratamiento.
Lo que el estudio no se preocupó en
mencionar es que de hecho no existen estándares de
licenciatura para consejeros de adolescentes drogadictos.
Unos cuantos estados, entre estos California, Washington y
Colorado, están trabajando actualmente en su establecimiento.
“Si yo fuera un padre de familia tratando
de navegar algo para mi hijo o hija, aún yo — sabiendo todo
lo que sé — pasaría por momentos muy difíciles tratando de
dilucidarlo”, admite Yolanda Pérez-Logan, directora de
proyectos del programa
Reclaiming Futures en Santa Cruz,
California.
Introducida en 10 ciudades, Reclaiming
Futures es una iniciativa de cinco años fundada por la
Fundación Robert Wood Johnson en respuesta a la “brecha de
tratamiento” que se da cuando un adolescente cada vez más
dependiente de las drogas termina teniendo problemas con la
ley. Esta brecha es más bien un cañón: Cuatro de cinco
arrestos de adolescentes involucran el uso de drogas o
alcohol, mientras que el 80% no recibe ningún tratamiento
para el problema que los llevó hasta ahí.
La justicia
juvenil sirve como cierto tipo de laboratorio para lo que
trabaja, dado que la mayor parte de jóvenes que abusan las
drogas y el alcohol entraron a tratamiento primeramente por
sus puertas. Lo cual significa que ellos no llegan por
voluntad propia. Si acaso, la mayor parte de jóvenes en
tratamiento residencial llega vía el sistema de justicia
juvenil. Aún entonces los padres tienen que hacer frente a
enorme porción de la carga financiera.
Por ejemplo, en California el costo de
tratamiento ordenado por la corte es casi de US$6,000 al mes.
Por eso algunos condados pasan una factura del 60 por ciento
de ese costo a la familia —que con toda seguridad ya se
encuentra vivienco al borde de la bancarrota — más de
$20,000.
Para aquellos que pueden conseguir
tratamiento privado, muchos programas juveniles hoy se están
alejando del modelo de 12-Pasos clásico, como el de
Alcohólicos Anónimos (AA) y
Narcóticos Anónimos (NA). Una
división filosófica ha emergido en el tratamiento de la
comunidad, con ciertos programas en-el-terreno, apoyan
alternativas a los 12 Pasos y su insistencia en la
abstinencia total.
“Muchos tratamientos están usando nuevas
practicas, basadas en nueva evidencia, que se encuentran con
los jóvenes donde ellos están con su actual abuso de
substancia y les ayudan a tomar una decisión de lo que van a
hacer sobre ello”, dice Randy Muck, principal consejero de
salud pública en los Programas de Tratamiento para
Adolescentes en la Substance Abuse & Mental Health Services
Administration.
Muchos expertos discuten que el lenguaje
de programas de 12 Pasos, con su punto inicial de sobriedad,
nació de un modelo terapéutico cuyo objetivo era hombres
adultos. Su súplica principal a un “Poder Superior”, con
frecuencia es uno de los puntos más punzantes con los
adolescentes que, en palabras de un oficial de libertad
condicional, con frecuencia “piensas que ellos son la
autoridad superior”.
“Por años el problema que he encontrado
es que el tratamiento para jóvenes es básicamente un
tratamiento para adultos, solo que reempacado”, dice Scott
Reiner, gerente de desarrollo del programa en el
Departamento de Justicia Juvenil de Virginia. “Lo que
probablemente hacen es cambiar un par de palabras, pero
jamás tocan las necesidades de desarrollo para los chicos”.
No es de sorprender que a una chica de 11
años como Sarah se le haya dicho que regresara a tratamiento
cuando cumpliera los 14.
Hoy Sarah recibe clases en
The New
School, una escuela superior alternativa compuesta
mayormente por ex miembros de maras y ex drogadictos de
Watsonville, California, la cual ofrece algunos servicios
que usted no encontrará en su escuela superior típica —
incluyendo transportación después de las clases a reuniones
de AA y NA cercanas; exámenes rutinarios de orina; y a un
perro que llega a olfatear mochilas, un par de veces al año.
Al igual que muchos de sus compañeros en
la escuela, Sarah alega que ella tuvo que encontrar la forma
de ‘limpiarse’ ella misma, sin tratamiento ni ayuda
profesional. Según cuenta, sucedió así:
“Huía de una casa de grupo y durante un
mes nadie sabía dónde me encontraba. Un día regresé a mi
casa y mi sobrina me preguntó, ‘¿Vas a regresar a la cárcel?’
Eso me hizo sentir tremendamente mal porque ella apenas
tenía 6 años de edad.
“Vi que mi sobrina pasaba exactamente por
la situación que yo pasé. Peleaba con su mamá, su mamá
siempre la castigaba físicamente”. Y yo me puse a pensar,
‘¿cómo voy a ayudarla si no dejo de hacer lo que estoy
haciendo?”
(Richard Scheinin es
reportero del San Jose Mercury News.)
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