Del fondo a la superficie:  La lucha generacional de una familia viviendo con la adicción

 

 

By Thom Forbes
Public Access Journalism

Soy por lo menos cuarta generación de alcohólicos.  También lo es mi esposa Deirdre. Nuestra hija Carrick, de 22 años, es una heroinómana en recuperación. 

La mayoría de miembros de nuestra familia ha alcanzado el éxito profesionalmente — el padre de Deirdre fue abogado y juez; mi lado hierve con periodistas que mantienen la ‘botellita’ proverbial en la gaveta de sus escritorios. 

Mi bisabuelo fue atropellado por un carro de tranvía cuando cubría una historia en 1904 — aún reportando, probablemente ebrio, pero ciertamente un hombre destruído y distanciado de su familia.  Mucha de su progenie compartió el gusto no sólo por la bebida sino también por la ilusoria camaradería característica de los bares y la parranda.

Hoy la mayoría de nosotros se mantiene sobrio, pero hemos tomado rutas totalmente diferentes para llegar aquí.  A lo largo del camino, yo aprendí que existe una diferencia entre no usar una droga y estar en recuperación, lo cual incluye la forma como uno vive  su vida, interactúa con otras personas y enfrenta su mortalidad. 

En mayor o menor grado, nosotros funcionábamos a pesar de nuestra enfermedad, como muchos de ustedes o sus seres queridos lo hacen hoy.  Según cifras gubernamentales  del 2004, más de 22 millones de niños mayores de 12 años abusan, o son dependientes, del alcohol o las drogas; esto sin contar el mal uso que se hace de medicinas farmacéuticas que necesitan prescripción médica, una crisis en ascenso.  El sesenta por ciento de los estadounidenses dice que la adicción — propia o de otros — ha tenido gran impacto en vidas. 

La primera vez que juré no volver a tomar fue a los 16 años, cuando me detenía en un bar camino a casa desde la escuela superior, y tomaba unos cuantos boilermakers — tragos de bourbon seguidos por cerveza.   Ese período de sobriedad duró unas cuantas semanas; la recaída es parte de la enfermedad.

Tomé mi último trago hace dos décadas, cuando tenía 32 años.  Toqué fondo el día que descubrí que el gabinete de bebidas estaba vacío.  Con mi hijo que apenas empezaba a caminar, tirando de mi pierna, yo sentí terrible urgencia por comprar una botella de vodka; pero espiritualmente decidido a impedir que el alcohol controlara mi vida y físicamente impulsado terminar con el ciclo de andar siempre con resaca; bebiendo en el almuerzo para sentirme “normal”, embriagándome por la noche hasta embotarme y levantándome otra vez con resaca.

Muy pocos de mis amigos consideraban que yo tenía un problema; la mayoría bebía tanto como yo.  Mi mejor amigo en esos días, con tendencia a la depresión y a Seagram’s 7, aún bebía hace 10 años cuando se pegó un tiro en la cabeza.

No busqué tratamiento ni ayuda de un programa de 12 pasos, como el de Alcohólicos Anónimos, porque no me sentía cómodo con la idea de entregar mi vida a un Poder Superior. 

Sin embargo, cada vez que alguien me pregunta cómo dejé de beber, mi primera recomendación es encaminarlos a la reunión de 12 pasos más cercana. Deirdre lo hizo, y la compañía que encontró en los salones de reunión fue la piedra angular de su recuperación…. hace 19 años… y contando.

Uno siempre está contando, porque la sobriedad es, como dice el eslogan de AA, “Un día a la vez”.  La realidad es que yo adquirí osmosis tome mucho de la filosofía de los 12 pasos, y sus preceptos han ayudado no sólo a los millones que forman parte de AA, sino a incontables otros que se encuentran “enfermos o cansados de vivir enfermos y cansados”.

Cada filosofía de tratamiento tiene sus fanáticos, de aquellos que siguen los 12 pasos a los miembros de comunidades terapéuticas como la Casa Phoenix  que lo quebranta a uno para volverlo a levantar.  Cualquiera de estos puede funcionar para usted.  Algunos le dirán que la de ellos es la única forma.  Eso es verdad hasta el punto que es cierto para ellos.  El punto final es que muchas personas superan su adicción y se recuperan, pero menos del 10 por ciento de las personas que en verdad necesitan tratamiento intensivo en una institución contra el abuso de sustancias controladas, lo reciben dentro del plazo de un año; este dato, según la Substance Abuse & Mental Health Services Administration federal.

Deirdre y yo teníamos nuestras propias ideas de lo que funcionaría para nuestra hija Carrick, quien empezó a beber a los 12 años, fumó marihuana a los 13, incursionó en otras drogras recreativas a los 15, se volvió adicta a la heroína a los 17 y tocó fondo cuando a los 19 mezcló heroína y cocaína (“speedball”).  En ese entonces ya había pasado por tres salas de emergencia, siete desintoxicaciones, tres programas residenciales de corto plazo, un programa de terapia de cuatro meses en el campo, varios programas de 12 pasos, cuatro escuelas especiales, y dos veces había abandonado prematuramente un programa comunitario a largo plazo.  Ella ha hablado con docenas de psiquiatras, psicólogos, trabajadores sociales, doctores y consejeros.  Y entre más profunda se arraigaba su adicción, más fácil le resultaba decir a los especalista lo que ellos querían escuchar.

Después de los 16 años Carrick permanecía lejos de casa con gran frecuencia. Recientemente recordó que cuando nos visitaba en Nueva York, “Llegaba  a casa con un saludo cariñoso, la saqueaba y me iba con afectuoso adios.  No sólo estaba robando dinero sino también tiempo, sueño y sanidad mental”. 

Eventualmente dijimos a Carrick que mientras usara drogas ya no la íbamos a apoyar en su adicción  — ni siquiera con casa y comida — pero que íbamos a hacer todo lo humanamente posible por ayudarla en su recuperación.  Algunas personas sintieron que expulsar a nuestra hija de la casa era no tener corazón.  Nosotros sabíamos que su vida  corría peligro cada día que permanecía en las calles de Nueva York, pero ella demostró una y otra vez que no podía hacer frente a su recuperación siempre y cuando la estuvieramos protegiendo en el fondo donde se encontraba.  Como tampoco era justo para nuestro hijo Duncan, cinco años menor.  Ni para nosotros mismos. 

Al final Carrick decidió probar ella misma el mantenimiento con metadona, uno bastante controversial que críticos consideran “substituye una droga con otra”.  Esto salvo la vida de nuestra hija.  Gradualmente está reduciendo la dosis con la intención de abandonarla; otros podrían necesitar permanecer toda su vida con la metadona.  Muchos llegan a ser miembros productivos de la sociedad, no maquinando más por conseguir la siguiente dosis.  

“Usted tiene que encontrar al adicto en su propio terreno y bajo sus propias condiciones en lugar de confrontarlo con las suyas”, dice el Dr. Harris B. Stratyner, director de la división clínica de los Servicios de Adicción y Recuperación del Mount Sinai Medical Center de Nueva York. “El objetivo es hacer que la gente la abandone totalmente, pero sin decirles ‘Usted está usando drogas, por lo tanto no lo voy a someter a tratamiento’.  Esa no es la forma de motivar a alguien”. 

Stratyner es lider proponente de un modelo de tratamiento carefrontation – o confrontamiento cara a cara – el cual sostiene que el adicto no debe ser considerado responsable por tener esa enfermedad, así como tampoco se culpa al diabético, pero que deben hacerse responsables de su recuperación.  Como también tienen que hacerlo la familia y los amigos que se ven atrapados en la vorágine de mentiras y manipulaciones girando alrededor de una persona adicta.

Es parte de la naturaleza humana el querer creer a una esposa o hijo que le dice a uno “esta es la última vez”, sin importar con cuanta frecuencia usted ha sido defraudado con las mismas palabras.  Algunas veces Deirdre y yo permitimos que Carrick continuara usando sin enfrentar repercusiones — por ejemplo, excusando nosotros su conducta ante amigos y profesores.

Un día encontré una aguja hipodérmica y una tarjeta que permitía que Carrick la intercambiara por otra limpia.  Mi instinto fue quebrar la aguja y romper la tarjeta.  Pero, ¿qué habría logrado con eso? Las agujas sucias o contaminadas propagan la hepatitis C, la cual contrajo Carrick, y el VIH.  Estremeciéndome de miedo, escogí el menos maligno de dos demonios - un concepto mal entendido, conocido como “reducción de peligro” - y puse la parafernalia donde la encontré. 

Algunos dicen que es inutil forzar a una persona a que busque tratamiento, particularmente a una/un adolescente que aún disfruta las sensaciones de bienestar y placer inducidas por la dopamina, las cuales innegablemente  proporcionan las drogas.  Según un estudio, más del 80 por ciento de adolescentes recae dentro del año de tratamiento. Sin embargo Carrick puede decirle que ella tomó una idea muy poderosa de los programas a los que asistió y que prematuramente abandonó:  Cuando estuvo lista se mejoró.  Y una vez lo intentó, nosotros hicimos todo lo que pudimos por ayudarla.  

“Sin querer parecer melodramática, probablemente salvó mi vida el hecho de que me dieran otra oportunidad”, dice Carrick.  “La línea entre permitir y apoyar algunas veces requiere que usted corra riesgos y mantenga una esperanza realista”.  

Llámelo paternalista — en mi caso literalmente lo fue — pero con frecuencia los adictos no saben lo que es mejor para ellos y puede ser necesario que haya intervenciones.  Cuando Carrick vivía en la calle nosotros rogábamos porque fuera arrestada y obligada por un juez a someterse a tratamiento. Sin embargo, cuando finalmente la apresaron por robo fue sentenciada a 30 días de cárcel.  Celebró su puesta en libertad endrogándose.

Las cortes para drogadictos en la nación están empezando a sustituir tratamiento por encarcelamiento para aquellos delincuentes no violentos.  Según cifras compiladas por la Fundación Robert Wood Johnson, un 80 por ciento de los más de 2 millones de adolescentes en el sistema de justicia juvenil tiene problemas de alcohol y drogas, y un porcentaje similar padece enfermedades mentales diagnosticables.

En realidad, indivíduos adictos de todas las edades que padecen enfermedades como el desorden bipolar (o enfermedad maníaco-depresiva), podrían estar usando drogas que les alteran la mente con la intención de automedicarse.  Una vez nosotros rogamos al doctor que internara a Carrick en un hospital psiquiátrico para tratarle la depresión.  Quedamos devastados cuando él nos dijo que Carrick no sólo tenía primero que abstenerse de usar drogas sino que también expresó su duda, basada en su historial, de que ella pudiera hacerlo.   

Sin embargo ha estado y está asistiendo a la universidad con la intención de convertirse en la quinta generación de periodistas.  Un antidepresivo la estabiliza mentalmente y ella dice que ya no se siente “con terrible estado de ánimo sin razón aparente”.

En 1998, más de 10 años después de haber comenzado su sobriedad, mi esposa Deirdre cayó en profunda depresión y tal condición suicida que yo media su sobrevivencia hora por hora.  Eventualmete se internó ella misma en el New York Hospital-Cornell Medical Center, un hospital psiquiátrico en White Plains, N.Y.  Ellos salvaron su vida con terapia electro-convulsiva, antidepresivos y terapia de conversación.   Hoy es una profesional que aboga por campañas contra el abuso de sustancias controladas, trabajando con gran éxito como coordinadora de admisión en el Madison East, una unidad que forma parte del Mt. Sinai Medical Center de Nueva York.  También es madre, esposa y ciudadana feliz y productiva.

Afortunadamente, a través de los años tuvimos la suficiente solvencia económica como para poder pagar el tratamiento de ella y Carrick, pero dado que el Estado de Nueva York carece de una paridad legal para la salud mental y el abuso de drogas, la cobertura de seguros medicos ha sido errática y muy poca. Para pagar las facturas médicas hemos usado nuestros IRAs de retiro y refinanciado nuestra hipoteca.

Lo más triste para muchos de nosotros en la línea frontal — adictos y miembros de la familia — es que la Guerra contra las drogas se ha vuelto una batalla polarizada entre dos campos:  los intransigentes, cuyo enfoque de “cero tolerancia” se basa en la prohibición y prisión para las drogas legales; y los liberales libertarios y reformadores que creen que el abastecimiento, demanda y elección individual debería permitir que el mercado alcanzara su nivel natural.  

El mercado de las drogas que alteran la mente es uno tremendamente lucrativo.  Este es responsables del sustento, legal e ilegal, de millones de personas en todo el mundo — de los jefes del cartel de la droga a las clínicas de desintoxicación rápida, de barmans a guardias de prisión, y de burócratas a redactors de textos publicitarios.  Reciente estudio de investigadores de la Universidad de Connecticut confirmó que entre más avisos publicitarios de bebidas alcohólicas ven los adolescentess, más beben.  Pero la industria del alcohol tiene buen músculo para proteger sus intereses:  Sólo la industria cervecera en Estados Unidos gasta US$1.36 millones anuales en publicidad controlada, emplea 1.78 millones de persona, paga $54 millones en salarios y beneficios, y genera $30 mil millones en impuestos. 

El dinero para tratamientos es más difícil de conseguir.  Los US$12.7 mil millones del presupuesto solicitado por la administración Bush, para el control de drogas en el 2007, destina 65 por ciento a la interdicción y reforzamiento de leyes, y apenas el 36 por ciento para tratamiento y prevención.  Un reporte del Centro Nacional para la adicción y abuso de substancias prohibidas informa que de los $277 de impuestos que cada estadounidense pagó en 1998 para la lucha contra el abuso de drogas y la adicción, sólo $10 fueron a parar al fondo de tratamiento y prevención. 

Pero existe un terreno común:  La gente.  Si fueramos a concentrar nuestros esfuerzos en los miembros de la familia, amigos y vecinos cuya química cerebral ha sido alterada por las drogas y el alcohol, y tratáramos el abuso y la dependencia como el azote que son, entonces habríamos declarado guerra abierta a la adicción.

Esta es una campaña que puede ganarse una vida a la vez.  He visto que se puede.

(Thom Forbes es autor, blogger en adicción y recuperación, y ex reportero del New York Daily News.)

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HISTORIAS PUEDEN SER COPIADAS CON LA AUTORIZACION: De la Fundacion de Robert Wood Johnson "Tratamiento Silencioso: Adiccion En America" proyecto, producido por Public Access Journalism, LLC.
 


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