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Actualización de tratamiento
anti drogas con investigación cerebral y genética
innovadora |
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Por William Celis
Public Access Journalism |
Siete. Ese es el número de veces que Joseph Bryant intentó librarse
de la adicción que comenzó con alcohol cuando apenas tenía
10 años, seguido de uso constante marihuana en la
adolescencia, coronado con heroína - a US$700 el día cuando
andaba en 20 años.
Después de haber servido sentencias de prisión por robo de
auto y venta de drogas, cuando tomó residencia en una casa
abandonada a los 27 años se dio cuenta que tenía que cambiar
de vida o – como él mismo lo expresa – “terminaría en la
cárcel por el resto de sus días o moriría en las calles de
Baltimore”.
El séptimo intendo de Bryant — y el último — en el 2004,
tratando de superar la adicción, no pudo haber llegado en
mejor momento.
Aún cuando anduvo rebotando de uno a otro, en una serie de
centros de tratamiento inefectivos, investigaciones
novedosas y cambios de actitud acerca de las drogas, el
tratamiento y la recuperación finalmente dieron fruto.
Hoy nuevas y efectivas medicinas suprimen la ansiedad por la
droga. Hospitales y centros de tratamiento están haciendo
esfuerzos mucho más intensos por evitar que la gente con
adicción pase desapercibida cuando se les cambia o se
cambian de institución. Psiquiatras, hospitales y clínicas
privadas han llegado a comprender que el tratamiento no sólo
significa la atención médica sino establecer el escenario
con servicios sociales, residencia y trabajo, para una
reentrada exitosa en la difícil vida sin las drogas y el
alcohol.
Los tratamientos más fuertes en los programas siempre han
ofrecido amplio menú de servicios bajo un sólo techo o han
conectado líneas salvadoras vitales para sus clientes, pero
hoy el empuje a través de todo el país está siendo
alimentado por investigación cerebral revolucionaria de
finales de los 1990, la cual indica que la adicción no es
causa de un carácter débil, falta de moral o de disciplina.
Aunque el ingerir esas primeras pastillas o tragos puedes
ser por elección propia, 20 estudios hechos a través de
varios años indican que a partir de ahí la genética se hace
cargo de la mitad de estadounidenses adictos. En 1987 el
Brookhaven National Laboratory se convirtió en la primera
institución en usar imágenes para estudiar cambios en el
cerebro envejeciendo, obesos o adictos. Conducido por Nora
Volkow, hoy directora del
National Institute on Drug Abuse,
los investigadores en el laboratorio de Upton, N.Y.,
documentaron alteraciones del cerebro, asociadas con el
abuso de drogas, el alcoholismo, o impulsos de otras
conductas que sugirieron predisposición genética a la
adicción.
Investigaciones subsecuentes tremendamente sofisticadas, han
encontrado conexiones aún más fuertes.
El descubrimiento condujo a creciente sentido de que desde
todo punto de vista es necesario un enfoque de conectar
puntos, a fin de ayudar a personas como Bryant, quien
claramente se ha beneficiado de este primer plan amplio de
tratamiento — ha permancedido sobrio desde aquel verano,
hace dos años.
“Es una buena época para ser adicto”, dijo Thomas McLellan,
fundador y director ejecutivo del
Treatment Research
Institute en Philadelphia, un tanque de investigaciones que
intenta influenciar la práctica clínica y las políticas
públicas a través de estudios científicos y del mundo real.
“El tratamiento está empezando a ponerse a la par de la
investigación. Esto vendrá a ahorrar montones de dinero y,
mucho más importante, salvará vidas”.
Al mismo tiempo las comunidades médicas de adicción y
tratamiento están prestando atención a lo que se llama “la
cotinuación del cuidado”, una frase que significa
tratamiento a la adicción y recuperación — así como también
el entrenamiento de profesionales de servicios de salud —
que promete experiencias sin obstáculos, o retrasos para
pacientes que trabajan con una variedad de especialistas, en
el camino que les conduce a su nueva vida.
Aún así, McLellan y otros ven un área de medicina que
todavía languidece. En muchas comunidades la relación entre
doctores, hospitales y centros de tratamiento sigue sin
conexión. Viejos estigmas y malas concepciones sobre la
adicción entorpecen asociaciones vitales entre
instituciones y vuelven mucho más difícil para los pacientes
hablar con sus doctores sobre su problema.
Proveedores de salud también hace que a las personas con
adicciones les sea extremadamente difícil conseguir ayuda;
los aseguradores limitan severamente la cobertura, lo que
conduce a una división de clases, según el tratamiento. El
estadounidense con solvencia económica puede pagar de su
propio bolsillo o contactar beneficios de su compañía, por
servicios que fácilmente pueden exceder los US$20,000 por
tratamiento y recuperación posterior; mientras que la clase
media y los pobres luchan por encontrar ayuda financiera, o
no la encuentran.
La adicción también alcanza una prioridad relativamente baja
en la comunidad médica, empezando con el entrenamiento.
Aunque se están incrementando los esfuerzos por mejorar el
curriculo de las escuelas de medicina, las nuevas
generaciones de doctores todavía no se ven lo
suficientemente expuestos al diagnóstico y tratamiento de la
enfermedad. La Dra. Jennifer Smith, del
John Stroger
Hospital del Condado Cook en Chicago, y profesora del
Rush
Medical College, recuerda que durante los cuatro años de su
entrenamiento médico, a principios de los 1980, sólo recibió
dos horas de instrucción sobre la adicción . El escenario
ha variado muy poco, dice ella.
“Todavía no nos encontramos a un punto de cambio, pero vamos
para allá”, dijo Smith.
Los investigadores dicen que esto es de gran importancia ya
que los médicos son la clave para crear el vínculo entre la
adicción y la enfermedad crónica, una conexión
históricamente fuerte. Aunque centros de tratamiento y
recuperación, compañías farmacéuticas, científicos e
investigadores, comparan la adicción con enfermedades
cardíacas, el cáncer y la diabetes, los doctores no están
aplicando a sus pacientes la más reciente información.
“Como país nosotros sacamos el alcoholismo del entorno
médico. Por años la adicción no perteneció a los médicos.
Estos son tiempos cambiantes”, expresó Smith.
Si hoy los adictos tienen una oportunidad mucho mayor de
llegar a estar y mantenerse sobrios y limpios de drogas, la
razón en buena parte es gracias a la ciencia. Y aunque el
estrés y el medio ambiente juegan un papel importante, los
estudios indican que una genética fuerte y los vínculos
biológicos heredados de padres adictos vuelven a los hijos
más susceptibles a la addicción.
Si sus padres o hermanos están enviciados con el alcohol o
las drogas, estos estudios concluyen que usted corre un
cincuenta por ciento de riesgo de adicción; con otros
estudios llevando esa probabilidad hasta un 70 por ciento.
Es más, una vez adicto, la parte del cerebro asociada con el
sistema de satisfacción y placer incrementa las ansias por
la droga, por lo cual tratar de detener una adicción sin
tratamiento es prácticamente imposible.
Armadas con la ciencia, las compañías farmacéuticas han
respondido con tres medicinas diferentes que combaten esa
ansia cerebral: La
buprenorfina, el
acamprosate y el
naltrexone. Las medicinas, disponibles sólo esta década
bajo una variedad de marcas comerciales, están diseñadas
para disminuír o hasta eliminar el antojo desesperado, y
para minimizar los efectos colaterales de la absinencia de
ambos, el alcohol y drogas específicas como los opiáceos, la
marihuana y la cocaína.
Los doctores dicen que sólo las medicinas no aseguran éxito
en la recuperación; es necesario que estas sean parte de una
estrategia más prolongada. Pero las nuevas medicinas,
tomadas durante varios días, meses o hasta años, han venido
a traer nuevas esperanzas.
Para Bryant, un nuevo medicamento proporcionó el antídoto a
una serie de esfuerzos fallidos de recuperación, donde –
según dice él – anteriores centros de tratamiento “no
prestaron atención a los detalles. Ahí no había nadie que
le ayudara a uno a descubrir por qué andaba en drogas. La
terapia no estaba disponible”.
Las nuevas medicinas tampoco estuvieron a su alcance, así
que intentó abandonar las drogras lentamente, él sólo.
Durante uno de tales intentos, mientras se encontraba en
prisión, el dolor de la abstinencia era tan grande que
corrió a estrellar su cabeza contra una pared de ladrillos
de su celda, con tal de perder la conciencia de lo que
estaba pasando.
En su último intento Bryant buscó a un tío en Nueva York,
quien lo ingresó en la
Phoenix House, una isntitución de
tratamiento en Brooklyn, N.Y. Lo que Bryant encontró allí
es lo que todo científico y trabajador social recomienda en
un programa de recuperación y rehabilitación — empezar con
buprenorfina.
La pequeña píldora anaranjada que se disuelve rápidamente
bajo la lengua, eliminó la ansiedad que sentía Bryant. El
dolor físico intenso, tan común con la abstinencia, fue tan
mínimo que Bryant pudo dormir toda la noche. “Pude comer.
El calor y los sudores fríos, los escalofríos — la medicina
minimizó todo eso”.
En el transcurso de la primera semana de tratamiento, a
Bryant le suspendieron la buprenorfina y fue transferido de
su habitación de desintoxicación a una cama bajo el mismo
techo, acción logística que llegó como bendición del Cielo
en una etapa crítica de tratamiento. Después, en otras
experiencias de desintoxicación en las fue enviado a
centros de recuperación, - con frecuencia a kilómetros de
distancia, y que algunas veces tenían camas disponibles -
Bryant tuvo que esperar dos o tres días. Esta interrupción
comprobó ser tremendamente costosa. Fue entonces cuando
invariablemente Bryant se encontró de regreso en las drogas.
La única ocasión cuando pudo pasar directamente de
desintoxicación a una cama, a los 28 días se le dijo que lo
iban a dar de alta porque otro cliente necesitaba la cama –
y porque se habían agotado sus fondos. “Ya sea que usted
esté listo o no, usted tiene que irse. Esa es una de las
peores cosas de la recuperación. La gente lo considera puro
negocio”.
Y el tratamiento y la recuperación son un negocio sumamente
lucrativo. En 2001, el último año del que se tiene
información disponible, se gastaron US$18 mil millones en
tratamientos por abuso de substancias; cantidad obviamente
mayor a los $11 mil millones de 1991 - según estudio de la
Substance Abuse & Mental Health Services Administration
federal. En la misma década, fuentes públicas como el
Medicaid echaron el hombro a la carga del pago.
Por ejemplo, Bryant tuvo que
usar Medicaid para pagar por su tratamiento y recuperación
en la Casa Phoenix, la organización sin fines de lucro más
grande en el país, la cual cobra $19,000 por año. ‘Limpio’
durante 18 meses y en las últimas etapas de su programa de
recuperación, Bryant aún vive ahí, donde renta una
habitación en $15 semanales hasta que, gracias a su trabajo
de carpintero, tenga suficiente dinero ahorrado para rentar
su propio lugar. La ayuda para vivienda es de vital
importancia en un programa de recuperación; y según opinión
de los oficiales de la Casa Phoenix, el albergue a bajo
costo ofrece a la gente en recuperación una oportunidad
sólida de estabilidad a largo plazo, en momentos en que
están volviendo a organizar su vida.
Después de pasar la mayor parte de su vida viviendo al borde
del precipicio, estos días Bryant enfoca su vida con gran
sencillez — y sobriedad. “Veo mi vida un día a la vez”,
expresó.
En la última década, nuevas actitudes sobre tomar
responsabilidad, además del apoyo de psiquiatras y
psicólogos, asistencia de consejeros de trabajo y programas
de entrenamiento vocacional, han ayudado a alcanzar
disposiciones mentales más frescas, en lugares como el
Hospital Audie Murphy, parte del creciente South Texas
Veterans Health Care System de San Antonio.
“Antes tratábamos a cualquiera, por cualquier razón”, dijo
la Dra. Ursula Sanderson, jefa del programa residencial de
rehabilitación. Probablemente su hábito se había vuelto
demasiado caro. O eran personas sin hogar con una adicción.
Cualquiera que fuera la razón, Sanderson dijo que veteranos
con adicciones se presentaban rutinariamente en la clínica,
llegando con tanta frecuencia que el personal del hospital
los consideraba “familia” y les daba afectuosa bienvenida.
“Admitíamos a cualquiera, siempre y cuando tuviéramos cama.
Teníamos una gran ‘puerta giratoria’”, dijo Sanderson.
Esos días, cuando la gente con adicciones podía simplemente
caminar a una clínica e ingresarse a sí mismos, son cosa del
pasado. Hoy a los visitantes en habitaciones que no son de
emergencia se les examina por probable abuso de sustancias,
y si no se considera que están en peligro inminente, los
veteranos adictos son trasnferidos a una unidad psiquiátrica
o a una unidad de desintoxicación del centro de salud.
Durante el mes de estadía típico, los días vienen
estructurados y cargados de reuniones con doctores,
psicólogos o psiquiátras, enfermeras y consejeros de trabajo;
y cuando se considera el momento apropiado, entrenamiento de
trabajo y colocación de empleos. Ellos actualizaron el
tratamiento, y el programa de recuperación es más
colaborador, más completo.
“Por una parte, el veterano no participaba”, dijo Sanderson
de los viejos días. Hoy, después de hacer recuento escrito
de su vida, la persona se reune con un psiquiátra, enfermera,
psicólogo, trabajador social, terapista recreacional, y
hasta un guía espiritual, todos en la misma habitación, para
diseñar un plan de estilo de vida que le guiará a través de
la recuperación y reintroducción en la sociedad.
“Establecemos claramente hacia dónde van a ir; y cómo
financiarán sus necesidades ellos mismo”, dijo Sanderson.
Carlos Canales, de 48 años, ha estado en recuperación por
diez años y se ha beneficiado de la sobresaliente
sofisticación del hospital. Durante su primer día, a
mediados de los 90, él recuerda la profunda sensación de que
la gente era simplemente “almacenada”. Hoy Canales dice que
“el calibre del cuidado y el calibre de la comprensión de lo
que se necesita para cuidar a la gente en esta situación, es
mucho mayor”.
El veterano de la Fuerza Aérea y ex profesor da crédito a
los servicios por la ayuda que le brindaron para redirigir
una vida que por décadas se vio atacada por todo tipo de
adicción.
Empezó bebiendo cerveza en la escuela superior de San
Antonio, para lograr la “aceptación” de sus compañeros y
superar poca autoestima. Cuando se graduó en 1976, ya bebía
constantemente. Se unió a la Fuerza Aérea y sumó las drogas
recreativas. Toda oportunidad que tuvo se embriagó o usó
drogas — algunas veces ambas.
“Durante 22 años deambulé automedicado. Usé cocaína,
heroína, marihuana, alcohol, cualquier cosa a la que tenía
acceso”.
Al final de sus 30 él supo que estaba en problemas. Se
ingresó el mismo en el hospital de veteranos donde lo
desintoxicaron, y empezó a usar la creciente variedad de
servicios del hospital. La clave para su recuperación fue
el apoyo de la Administración de Veteranos — “De otra forma
habría terminado en un hospital estatal o en prisión”, dijo
Canales.
Actualmente continúa asistiendo a reuniones de apoyo
semanales en el hospital y los empleados lo reciben bien y
lo llaman por su primer nombre, aún cuando no ha vuelto a
visitar a ningún médico en cuatro o cinco años.
“Es sobresaliente” dice él sobre la atención a los detalles
por los que se preocupa el personal. “Hoy me encuentro en
buena forma gracias al hospital”.
Sin embargo, los años de abuso y tratamientos fallidos
dejaron huella. Canales padece un mal hepático mortal.
(William Celis da clases de periodismo en la University
Annenberg School for Communication del sur de California.
Además es ex reportero del New York Times y del Wall Street
Journal.)
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