Las cortes y programas de tratamiento contra las drogas están reduciendo el número de hombres negros en prisión

 

 

Por Sara Solovitch
Public Access Journalism

Por años adicto al crack, George Moorman, de Lexington, Ky., era un hombre negro más, perdido en el sistema de justicia criminal de Estados Unidos; hasta un día en 1997, cuando llegó ante el juez de una corte de drogas, por el robo de una cámara filmadora. 

“El decidió ponerme en el programa antidrogas de la corte  —  me dijo que yo era demasiado inteligente como para ir a la penitenciería”, recuerda Moorman, quien a los 54 años acaba de recibir su doctorado en psicología educativa de la Universidad de Kentucky. “Yo ya había tomado la decisión de cambiar.  Pero decir que uno va a cambiar no significa que lo haga.  Uno tiene que tener ayuda”. 

Encontrar esa ayuda es difícil bajo la masiva estadística que se ha acumulado a través de 26 años; desde que EE.UU. declaró la guerra a las drogas.  Mandatos de sentencia cada vez más duros han acumulado la cifras contra los hombres afroestadounidenses, dando como resultado que las prisiones se hayan convertido en los centros de tratamiento más grandes del país”.  

Actualmente los afroestadounidenses componen el 62% de aquellos en prisión por drogas, aunque sólo son el 13% de la población nacional.  Uno de cada 115 hombres negros entra a prisión cada año por delito agravado o crimen por drogas; comparado con uno de cada de 1,150 hombres blancos – esto según el Bureau of Justice Statistics.  Y los jóvenes negros son admitidos en instalaciones correccionales estatales por ofensas con drogas, a un ritmo 48 veces mayor que los jóvenes blancos - según informe del Building Blocks for Youth Initiative.

“Existe una actitud de desesperanza y desesperación que muchos negros sienten como resultado del desempleo”, dice Arthur L. Burnett Sr., director ejecutivo de la National African American Drug Policy Coalition. “La única forma como podemos hacer frente a esto es empezando con los jovencitos del tercer grado, y eso es lo que estamos haciendo”. 

El NAADPC, un grupo ‘sombría’ de 23 organizaciones profesionales, está conduciendo una respuesta educativa con un objetivo de 10 años para reducir el número de presos de la raza negra y duplicar el número de negros profesionales.    Entre sus planes más importantes:  Un programa de pasantía para identificar estudiantes sobresalientes de octavo grado en áreas con temas específicos, y reunirlos con mentores negros en leyes, medicina, ingeniería y otros campos.  

“Etamos, ‘regresando a las ideas de Booker T. Washington’”, expresó Burnett, el primer magistrado afroestadounidense, hoy retirado de la Magistratura de Estados Unidos, en Washington, D.C.  “No nos quedemos esperando regalías gubernamentales.  Hagamos que la comunidad negra se una en un espírito de autoconfianza”. 

Otros grupos están buscando y escuchando con más atención para crear o mejorar programas para reducir las cifras.

En Santa Cruz, California, una revisión a los registros de las cortes mostró que jóvenes de las minorías faltaban más que los blancos a sus citas con la corte, cuando eran  programadas temprano por la mañana,.  Los entrevistadores descubrieron que la mayoría de jóvenes negros e hispanos estaban viajando a la corte en Watsonville – 45 minutos en auto – desde el sur.  En respuesta a esto se abrió una nueva corte ahí y el número de ausencias cayó significativamente. 

Al noreste de Filadelfia, The Bridge, un programa de tratamiento residencial y de cuidados continuados, acepta la participación de las familias, iglesias y escuelas para “resocializar” adolescentes afroestadounidenses que han sido expulsados de otros programas de justicia juvenil. 

“Entre lo que más nos preocupa es el trauma”, explica el director Angelo Adson, agregando que el 80% de los jóvenes lo ha experimentado en alguna forma significativa. 

“Como resultado, la mayoría de ellos padece algún tipo de desorden post-traumático, debido al estrés.  Pero a la mayoría se le diagnostica con desorden conductual — lo cual es exacerbado cuando llegan a instalaciones de justicia juvenil”, donde pasan por lo general 200 o más días antes de ser referidos a tratamiento.  En cambio los blancos de su misma edad son enviados a tratamiento en apenas 40 días. 

Adson dice, “Esa disparidad habla volúmenes sobre la forma como los jóvenes son evaluados”. 

Cientos de estudios han dejado de dar explicaciones por la disparidad en el tratamiento.  Pero la más grande empieza en las cortes, con simple distinción judicial entre la coaína crack y el polvo de cocaina.  Las dos drogas contienen el mismo ingrediente activo;  la única diferencia química es que el crack está mezclado con bicarbonato de sodio y luego calentado.  Se vende en cantidades más pequeñas y baratas y se le conoce como una droga de “negros”. 

La principal diferencia es lo que sucede cuando los vendedores llegan ante el juez.  Una venta de cinco gramos de crack automáticamente significa una sentencia minima de cinco años; en cambio un traficante de cocaína en polvo puede vender 100 veces esa cantidad — o 500 gramos — para que le den la misma sentencia. 

¿Resultado?  En 1986, antes que se pasara la ley federal de sentencia minima obligatoria por ofensas con crack cocaína, la sentencia federal promedio para los afroestadounidenses era 11% más elevada que la que se daba a los blancos.  Apenas cuatro años después, esa cifra era 49% más elevada. 

“Es mucho más fácil arrestar en la calle a un vendedor de crack que a alguien en traje de negocio vendiendo marihuana y cocaína”,  dice Kurt Schmoke, ex alcalde de Baltimore y actual decano de la Escuela de Leyes de la Universidad de Howard,  quien está conduciendo esfuerzos legislativos para desatar las manos de los jueces y permitirles que sentencien a los ofensores por drogas, según su caso.

Lo que está acrecentando la brecha es la creación de zonas libres de drogas — típicamente, un perímetro de un poco más de 300 metros (1,000 pies) alrededor de las escuelas, complejos residenciales gubernamentales, parques y areas de juego de niños, paro lo cual las penas por ofensas con drogas son significativamente más severas.  Vecindarios completos al interior de la ciudad podrían calificar como zonas libres de drogas.  Por ejemplo, en Newark, N.J., las leyes de zona libre de drogas cubren tres cuartos de la ciudad y requiere que los jueces apliquen términos de sentencia mínima obligatoria. 

Las ramificaciones se extienden mucho más allá de la prisión.  Una convicción federal por drogas evita en el futuro que un delincuente obtenga préstamos educativos y becas de programas de estudio; también prohibe que los padres del delincuente reciban estampillas de alimentos y beneficios de asistencia pública.   A 1.4 millones de hombres afroestadounidenses se les ha privado del derecho al voto — una tasa siete veces el promedio nacional.  

“Tiene tantas consecuencias debilitantes que es contraproductivo al objetivo de tratar de librarnos de un problema de drogas”, dice Schmoke.  “En lugar de ser castigado por ese único acto, esta se vuelve una incapacidad constante que evita que usted sea rehabilitado.  Y es manejada principalmente por la política y no por la ciencia”.  

Reciente estudio sugiere que tasas disparejas de encarcelamientos podrían llegar hasta a ayudar a explicar las tasas altamente desproporcionadas de SIDA en la comunidad negra.   Según las estadísticas más recientes del 2004, los hombres y las mujeres de la raza negra sumaron 20,965 casos de SIDA, comparado con los 12,013 casos entre blancos y 8,672 en hispanos.

“Estamos viendo un monstruo de tres cabezas:  La adicción, el SIDA y el crimen.  Usted tiene que tener un buen programa de salud pública para ir tras el SIDA y la adicción.  De lo contrario lo que se está haciendo es lidiar con la misma gente, una, y otra, y otra vez”, dice Schmoke

Con la visión de un juez y el apoyo de fuerte programa de corte contra las drogas, el ciclo se ha detenido para George Moorman, quien prometió que iba a compensar cada arresto y marca negativa en su historial delictivo, con algo positivo.

“Cuando vine a la corte por drogas, fueron tan estrictos y me dieron tanto a hacer que no podía pensar en hacer otra cosa.  Básicamente decidí entregarles mi vida.  Ellos me dijeron, ‘ve a una reunión; yo fui a una reunión.  Ellos dijeron, ‘llama tres días a la semana’, yo llamé tres días a la semana”. 

Entonces algo lo iluminó.  “Me di cuenta que tenía 44 años, que era bajito, negro y guapo  — y que no había hecho nada importante para mí, mi famila o la sociedad… En este momento me encuentro en mi casa, viendo mis paredes, las cuales están cubiertas con diplomas, premios por logros sobresalientes, premios de decanos, títulos y reconocimientos por servicios a la comunidad.

“Esto es algo así como negocios inconclusos.  Uno tiene que ‘limpiarse’ antes de poder avanzar en la vida.  Yo traje drogas a mi comunidad.  Cuando usé drogas causé que alguien más usara drogas.  Yo las glorifiqué.  Las sancioné.  Tuve que regresar a limpiar todo el daño que había causado”. 

(Sara Solovitch es escritora independiente y ex reportera de Knight Ridder Newspapers).

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HISTORIAS PUEDEN SER COPIADAS CON LA AUTORIZACION: De la Fundacion de Robert Wood Johnson "Tratamiento Silencioso: Adiccion En America" proyecto, producido por Public Access Journalism, LLC.
 


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